Mostrando entradas con la etiqueta américa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta américa. Mostrar todas las entradas

martes, 14 de mayo de 2013

Historia del Guerrero y de la Cautiva - Jorge Luis Borges

Historia del guerrero y de la cautiva
(Jorge Luis Borges, "El Aleph", 1949)


"Malón" de Mauricio Rugendas. En "Álbum de viaje
por la República de Chile, Paris, 1854"
En la página 278 del libro La poesía (Bari, 1942), Croce, abre­viando un texto latino del historiador Pablo el Diácono, narra la suerte y cita el epitafio de Droctulft; éstos me conmovieron singularmente, luego entendí por qué. Fue Droctulft un guerrero lombardo que en el asedio de Ravena abandonó a los suyos y murió defendiendo la ciudad que antes había atacado. Los raveneses le dieron sepultura en un templo y compusieron un epitafio en el que manifestaron su gratitud (“contespsit caros, dum nos amat ille, parentes”) y el peculiar contraste que se advertía entre la figura atroz de aquel bárbaro y su simplicidad y bondad:


Terribilis viste facies mente benignus,
Longaque robusto pectores barba fuit![1]


Tal es la historia del destino de Droctulft, bárbaro que murió defendiendo a Roma, o tal es el fragmento de su historia que pudo rescatar Pablo el Diácono- Ni siquiera sé en qué tiempo ocurrió: si al promediar el siglo vi, cuando los longobardos desolaron las llanuras de Italia;, si en el VIII, antes de la ren­dición de Ravena. Imaginemos (éste no es un trabajo histórico) lo primero.
Imaginemos, sub specie aeternitatis, a Droctulft, no al indivi­duo Droctulft, que sin duda fue único e insondable (todos los individuos lo son), sino al tipo genérico que de él y de otros muchos como él ha hecho la tradición, que es obra del olvidó y de la memoria. A través de una oscura geografía de selvas y de ciénagas, las guerras lo trajeron a Italia, desde las márgenes del Danubio y del Elba, y tal vez no sabía que iba al Stir y tal vez no sabía que guerreaba contra el nombre romano. Quizá profesaba el arrianismo, que mantiene que la gloria del Hijo es reflejo de la gloria del Padre, pero más congruente es imagi­narlo devoto de la Tierra, de Hertha, cuyo ídolo tapado iba de cabaña en cabaña en un carro tirado por vacas, o de los dioses de la guerra y del trueno, que eran torpes figuras de madera, envueltas en ropa tejida y recargadas de monedas y ajorcas. Venía de las selvas inextricables del jabalí y del uro; era blanco, ani­moso, inocente, cruel, leal a su capitán y a su tribu, no al universo. Las guerras lo traen a Ravena y ahí ve algo que no ha visto jamás, o que no ha visto con plenitud. Ve el día y los cipreses y el mármol. Ve un conjunto, que es múltiple sin desorden; ve una ciudad, un organismo hecho de estatuas, de templos, de jardines, de habitaciones, de gradas, de jarrones, de capiteles, de espacios regulares y abiertos. Ninguna de esas fábricas (lo sé) lo impresiona por bella; lo tocan como ahora nos tocaría una maquínaria compleja, cuyo fin ignoráramos, pero en cuyo diseño se adivinara una inteligencia inmortal. Quizá le basta ver un solo arco, con una incomprensible inscripción en eternas letras romanas. Bruscamente lo ciega y lo renueva esa revelación, la Ciudad. Sabe que en ella será un perro, o un niño, y que no empezará siquiera a entenderla, pero sabe también que ella vale más que sus dioses y que la fe jurada y que tódas las ciénagas de Alemania. Droctulft abandona a los' suyos y pelea por Ravena. Muere, y en la sepultura graban palabras que él no hubiera entendido:


Contempsit caros, dum nos amat ille, parentes,
Hanc patriam reputans esse, Ravenna, sham.


No fue un traidor (los traidores no suelen inspirar epitafios piadosos); fue un iluminado, un converso. Al cabo de unas cuantas generaciones, los longobardos que culparon al tránsfuga proce­dieron como él; se hicieron italianos; lombardos y acaso alguno cíe su sangre —Aldiger— pudo engendrar a quienes engendraron al Alighieri... Muchas conjeturas cabe aplicar al acto de Droc­tulft; la mía es la más económica; si no es verdadera como hecho, lo será como símbolo.
Cuando leí en el libro de Croce la historia del guerrero, ésta me conmovió de manera insólita y tuve la impresión de recu­perar, bajo forma diversa, algo que había sido mío. Fugazmente pensé en los jinetes mogoles que querían hacer de la China un infinito campo de pastoreo y luego envejecieron en las ciudades que habían anhelado destruir; no era ésta la memoria que yo buscaba. La encontré al fin; era un relato que le oí alguna vez a mi abuela inglesa, que ha muerto.
En 1872 mi abuelo Borges era jefe de las fronteras Norte y Oeste de Buenos Aires y Sur de Santa Fe. La comandancia estaba en Junín; más allá, a cuatro o cinco leguas uno de otro, la cadena de los fortines; más allá, lo que se denominaba entonces la Pampa y también Tierra Adentro. Alguna vez, entre maravillada y burlona, mi abuela comentó su destino de inglesa desterrada a ese fin del mundo; le dijeron que no era la única y le señalaron, meses después, una muchacha india que atravesaba lentamente la plaza. Vestía dos mantas coloradas e iba descalza; sus crenchas eran rubias. Un soldado le dijo que otra inglesa quería hablar con ella. La mujer asintió; entró en la comandancia sin temor, pero no sin recelo. En la cobriza cara, pintarrajeada de colores feroces, los ojos eran de ese azul desganado que los ingleses llaman gris. El cuerpo era ligero, como de cierva; las manos, fuertes y huesudas. Venía del desierto, de Tierra Adentro y todo parecía quedarle chico: las puertas, las paredes, los muebles.
Quizá las dos mujeres por un instante se sintieron hermanas, estaban lejos de su isla querida y en un increíble país. Mi abuela enunció alguna pregunta; la otra le respondió con dificultad, buscando las palabras y repitiéndolas, como asombrada de un antiguo sabor. Haría quince años que no hablaba el idioma natal y no le era fácil recuperarlo. Dijo que era de Yorkshire, que sus padres emigraron a Buenos Aires, que los había perdido en un malón, que la habían llevado los indios y que ahora era mujer de un capitanejo, a quien ya había dado dos hijos y que era muy valiente. Eso lo fue diciendo en un inglés rústico, entreverado de araucano o de pampa, y detrás del relato se vislumbraba una vida feral: los toldos de cuero de caballo, las hogueras de estiércol, los festines de carne chamuscada o cíe vísceras crudas, las sigilosas marchas al alba; el asalto de los corrales, el alarido y el saqueo, la guerra, el caudaloso arreo de las haciendas por jinetes, desnudos, la poligamia, la hediondez y la magia. A esa barbarie se había rebajado una inglesa. Movida por la lástima y el escándalo, mi abuela la exhortó a no volver. juró ampararla, juró rescatar a sus hijos. La otra le contestó que era feliz y volvió, esa noche, al desierto. Francisco Borges moriría poco después, en la revolución del 74; quizá mi abuela, entonces, pudo percibir en la otra mujer, también arrebatada y transformada por este continente implacable, un espejo monstruoso de su destino...
Todos los años, la india rubia solía llegar a las pulperías de Junín, o del Fuerte Lavalle, en procura de baratijas y “vicios”; no apareció, desde la conversación con mi abuela. Sin embargo, se vieron otra vez. Mi abuela había salido a cazar; en un rancho, cerca de los bañados, un hombre degollaba una oveja. Como en un sueño, pasó la india a caballo. Se tiró al suelo y bebió la sangre caliente. No sé si lo hizo porque ya no podía obrar tic otro modo, o como un desafío y un signo.
Mil trescientos años y el mar median entre el destino de la cautiva y el destino de Droctulft. Los dos, ahora, son igualmente irrecuperables. La figura del bárbaro que abraza la causa de Ravena, la figura de la mujer europea que opta por el desierto, pueden parecer antagónicos- Sin embargo, a los dos los arrebató un ímpetu secreto, un ímpetu más hondo que la razón, y los dos acataron ese ímpetu que no hubieran sabido justificar. Acaso las historias que he referido son una sola historia. El anverso y el reverso de esta moneda son, para Dios, iguales.

A Ulrike von Kühlmann.


[1] Tambíén Gibbon (Decline and Fall, XLV) transcribe estos versos.

martes, 16 de abril de 2013

Teorías de Poblamiento Americano

Como bien plantearon algunos estudiantes, existen diversas teorías que pueden explicar el poblamiento de nuestro continente. Todas estas teorías surgen de la interpretación de diversas fuentes y de reflexiones sobre el entorno cultural, social, material que nos rodea.

A continuación las 4 principales teorías de poblamiento de nuestro continente Americano:



Representación según color:
a) Roja y Verde: Teo. Asiática.
b) Morada: Teo. Oceánica.
c) Negra: Teo. Australiana.

Teoría Asiática: La teoría Asiática es una explicación del poblamiento tardío del continente americano planteada por Alex Hrdlicka. El autor se basa en los rasgos mongoloides de los habitantes de América y en los restos encontrados en el norte del continente que sugieren el paso de Asiáticos por el puente de Beringia, en un periodo donde el hielo y la disminución del nivel del mar permitieron cruzar a pie a nuestros antepasados en búsqueda de alimentos (quizás siguiendo a animales que también buscaban alimento). Esta teoría planteaba en un primer momento solo la migración de los asiáticos hacia América mediante barcazas con las que recorrieron la costa, pero posteriormente se confirmó que también se realizó a pie, en el tan conocido "puente de hielo de Beringia".

Otros argumentos para justificar la teoría de Hrdlicka son la "mancha lumbar" de nacimiento que tienen en común americanos y mongoloides, además de los dientes en forma de "pala", pómulos prominentes, cabello negro y lacio, etc. Esta teoría es también llamada "teoría monoracial de poblamiento americano".

Teoría Oceánica: Esta teoría, también conocida como "multi-racial", no se opone a la de Hrdlicka, sino que cuestiona su planteamiento "monoracial" postulando que el poblamiento de América se debió también a viajes tardíos realizados por pueblos de Oceanía, los cuales manejaban buenas técnicas de navegación y por
Balsa Kon-Tiki de la Teoría Oceánica.
lo tanto, habían llegado a nuestro continente pasando por las islas del océano pacífico, llegando finalmente al continente. Entre los argumentos para justificar esta teoría se encuentra la similitud cultural e incluso física entre los pueblos Maoríes y los pueblos de los Andes Centrales (principalmente de influencia Quechua-Incaica).


"(...) Semejanzas lingüísticas: palabras maorís semejantes al quechua de Perú: kumara (camote), uno (agua), pucara (fortaleza), etc.
Semejanzas culturales: uso común de la pachamanca, la taqlla o palo cavador, cultivos, dioses y leyendas. (...)"(link)


Teoría Australiana: El antropólogo portugués Méndez Correa (Mendes Correia) plantea que el poblamiento americano se debió a viajes realizados por pueblos australianos que bordearon la costa antártica para poblar desde el sur el continente. Esta teoría se basa en las similitudes culturales entre los habitantes de Tierra del Fuego y la Patagonia y los aborígenes Australianos.
Otros argumentos que utiliza el autor para justificar su teoría son el tipo de sangre similar en estos pueblos, características físicas y el uso de algunas herramientas en común, como el búmeran (boomerang) y las boleadoras.

Teoría Autóctona: Florentino Ameghino propuso, a diferencia de quienes planteaban las teorías de ocupación extranjera del continente, que el ser humano pobló este continente a causa de un proceso evolutivo autóctono. El proceso evolutivo daba por resultado un "homo pampeanus" (hombre de la pampa), teoría que se sostenía en restos óseos que habrían pertenecido a una era previa a la llegada de las personas que migraban de los demás continentes.

El homo-pampeanus habría recorrido el continente y poblado desde diversas áreas. 
Hrdlicka cuestionó esta teoría planteando que esos restos óseos eran de periodos más actuales y había partes que pertenecían a animales autóctonos, por ello la confusión. Finalmente el investigador checo desacreditó la teoría del argentino.